Ximena Vera, de Avilés a Suazilandia

“Nunca me ha pasado nada en África, ni un susto. El miedo está infundado por las imágenes mentales que tenemos de los sitios, que es una percepción totalmente subjetiva”.

Ximena Vera dejó su Avilés natal en el año 2000 para mudarse a Suazilandia, al UWC Waterford Kamhlaba. Le esperaban dos años llenos de aventuras en los que realizó su servicio social en un orfanato, viajó haciendo autoestop a Mozambique para ayudar en el desastre provocado por las riadas y hasta trabajó en un hotel de cinco estrellas durante una Navidad.  En África reafirmó sus intenciones de ser actriz y cambió su manera de entender el teatro. Pero no os desvelamos más sobre la vida de esta actriz, ¡seguid leyendo para conocer a Ximena!

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Ximena Vera en la actualidad. Ximena Vera.

P: Ximena, ¿cómo conociste Colegios del Mundo Unido?

R: Vi la información en el instituto, allá por los años 90, junto a mi hermana. Ella solicitó la beca un año antes y se fue a UWC Mahindra. Al año siguiente la pedí yo. 

Pensaba que no tenía muchas posibilidades porque soy muy diferente a mi hermana en muchos aspectos y, además, ambas creíamos que sería bastante difícil que dieran dos becas dentro de la misma familia. Encima, mi hermana y yo solo nos llevamos año y medio. 

Al final, envié mi solicitud, que era bastante diferente a la de mi hermana, fui a las pruebas de Madrid y terminé yéndome a Suazilandia.

P: ¿Qué te llamó la atención de Colegios del Mundo Unido para que decidieras presentar tu solicitud?

R: Yo tenía muy de cerca la experiencia de mi hermana, que estaba en India feliz de la vida. Me atraía mucho el aspecto internacional porque, a pesar de que Avilés es una ciudad muy pequeña, me rodeaba de gente de todo el mundo. Mi profesora de ballet era francesa, mis profesores de música (toco el chelo desde pequeña) eran rusos, japoneses, húngaros… Quería estar rodeada de otras culturas.

También el programa del IB me parecía muy interesante, el poder tener unos estudios en los que, aparte de las asignaturas, tenías actividades de desarrollo: podías participar en obras de teatro, en producciones, crear música…

Además, conseguí terminar mis estudios de Grado Medio en Sudáfrica. Iba una vez al mes a Pretoria con una profesora para prepararme el examen de Grado Medio de violonchelo por la Royal School of Music.

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Tocando el chelo. Ximena Vera.

En mi estrechez mental del momento, cuando tenía que poner la lista de colegios a los que quería ir, yo tenía Inglaterra, Italia y todo así súper “safe”. Yo solo pensaba “tengo que terminar mis estudios de chelo”. Y luego, mira tú, en Sudáfrica encontré una profesora que había estado estudiando en Oviedo con mi profesor ruso.

P: Wow, ¡qué casualidad!

R: Sí, en mi experiencia de Suazilandia me pasó todo lo que me tenía que pasar. Casualidades de estas de la vida en las que dices, “estoy en el lugar del mundo en el que tengo que estar ahora mismo”.

También tuve mucha suerte con mi link familiy. No sé si este programa está en los demás UWC, pero en Waterford te ponían en contacto con familias de allí. Mi link family a día de hoy son como mi segunda familia, sigo en contacto con ello, a su hija le pusieron el nombre que yo les sugerí, vinieron a visitarme aquí… Son como mis segundos padres. Suazilandia es un sitio muy mágico y muy alucinante en sí, la experiencia fue maravillosa.

P: ¿Cómo fueron los días previos a tu marcha?

R: Es una sensación de “que sea lo que Dios quiera”. Yo estaba intentando apurar con el inglés todo lo posible para llegar y enterarme de lo máximo, pero he de decir que los tres primeros meses de clase no me enteré mucho de lo que acontecía. 

Si que tenía la sensación de empezar una nueva etapa de mi vida totalmente diferente, que iba a ser un antes y un después.

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En el colegio. Ximena Vera.

P: ¿Que te decían tus amigos y familiares?

R: Había familiares que vivían estos días con mucha ilusión y luego estaban los típicos que te decían “ten cuidado”. A mi madre, sobre todo, le decían, “¿tú estás segura? Mira si les pasa algo…”. Me parecía súper injusto.

Yo creo que ahí mis padres fueron muy valientes porque es difícil como padre que te digan eso. Además, te puede pasar algo en cualquier sitio. Nunca me ha pasado nada en África haciendo autoestop, ni en Johannesburgo, ni en Mozambique… Nada, ni un susto. Estos miedos están infundados por las imágenes mentales que tenemos de los sitios, que es una percepción totalmente subjetiva.

P: Finalmente, llegó el día de partir… ¿cómo fue?

R: En el primer viaje iba con el chico catalán, Arnau, de mi año. No me acuerdo de la despedida pero sí del viaje porque fue muy divertido y teníamos bastantes escalas.

Ahora hay un servicio genial de combi a Suazilandia desde Johannesburgo, pero en esos tiempos tenías que coger un avión de Johannesburgo a Manzini, que es el aeropuerto de Suazilandia.

No me he reído más en mi vida, íbamos en un avión pequeñito y solo veíamos campos y campos. De repente el avión empieza a bajar y nosotros solo veíamos campo, ni pista ni nada. Cuando ya estábamos tocando el suelo, vemos una casetilla, que era el aeropuerto por aquellos tiempos.

Arnau y yo nos mirámos y flipábamos. Encima, cuando llegamos, Arnau va y se saca un hámster del bolsillo, que se lo había llevado de mascota y lo había ido cambiando de lugar en cada control de seguridad.

Vídeo de UWC Waterford Kamhlaba.

P: ¿Cómo fueron tus primeros días en el colegio?

R: Los primeros días fueron geniales. Las actividades de la Orientation Week fueron ir a los parques naturales y hacer un Community Service a un campo de refugiados. Fue una introducción fantástica al país y a las actividades que íbamos a hacer en los siguientes dos años.

P: ¿Cómo era el colegio?

R: Yo había estudiado en un colegio público en Avilés, y a mí me resultó más conservador que a lo que yo estaba acostumbrada. También en Suazilandia hay una parte de la población que es bastante religiosa. Eso, culturalmente, a mi me parecía muy diferente.

Luego, el plan de estudios era fascinante. Era muy autodidacta en cuanto a que tu tenías que buscar la información… En mi colegio de Asturias me habían diagnosticado altas capacidades de adolescente y tenía serios problemas en clase de concentración porque me aburría muchísimo. El conservatorio me mantenía un poco más motivada.

El colegio de Suazilandia me encantó justo por eso, porque era muy fácil estar motivada. Dependía de ti en primer lugar, no te lo daban todo hecho, tú tenías que estar buscando toda la información y había mucho espacio creativo en todas las asignaturas. 

También dediqué mucho más tiempo a las asignaturas que tendrían que ver con mi vocación después. Hice siete asignaturas, ya que quería coger música y teatro, y como no las podías encajar en las seis, hice música como extra. Me pasaba la vida en el teatro. Teníamos que hacer un proyecto personal y yo hice dos (risas). Escribí mi primera obra allí, mi primer personaje fue Yerma en el House of Fire, que lo construyeron ese año.

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En el musical “Cats”. Ximena Vera.

Allí yo reafirmé que me quería dedicar al teatro. Hasta las asignaturas que en principio no tenían nada que ver conmigo, como Matemáticas o Environmental Systems, también las disfruté. Historia me encantó, porque hacíamos Historia del mundo pero también Historia africana. Fue fascinante, teníamos una profesora que era una maravilla, También me encantó el profesor de Theory of Knowledge.

P: ¿Cómo eran tus compañeros?

R: Geniales. Sigo en contacto con bastante gente, de Madrid, de Suazilandia (porque he ido regularmente estos años)… Cuando terminas el segundo año hay una diáspora interesante, de cada uno a su país o a otro país a estudiar y yo creo que eso hoy en día es diferente con las tecnologías… Cuando apareció Facebook fue como “¡Fulanito, Menganito!” Y los vas encontrando a todos. Es como “el reencuentro”. 

También te digo que aunque no veas a alguien en diez años, como lo compartido es tan fuerte, tan único, tienes la capacidad de reunirte con alguien aunque no tuvieras una súper amistad en el colegio, porque también somos muchos y no teníamos tiempo de profundizar con todos.

P: En general, ¿cómo fue la experiencia?

R: Transformadora y un renacer. Todos venimos de África, el origen de la raza humana está ahí y hay algo muy potente a nivel energético. Hay algo de volver a ese lugar y sentirte que estás en casa. Para mí es un punto de referencia en mi vida. Hay mucha sabiduría grupal allí y también la forma que tienen de entender el arte… El teatro en Suazilandia es un punto de encuentro de la comunidad y hay algo ritual en ello. Yo eso lo he integrado totalmente. No escribiría las obras de la misma forma, no dirigiría de la misma manera si no hubiera pasado por allí.

P: ¿Lo mejor? ¿Y lo peor?

R: Lo mejor son todos los retos y el mundo de posibilidades que se te abren. Y lo peor es que hay muchas experiencias que me quedaban grandes a nivel emocional. Había situaciones que me superaban.

Hubiera sido interesante tener un equipo de Counselling más presente. Creo que los alumnos necesitan acompañamiento, porque aparte de las típicas cosas que te pasan con esa edad (tengo mucho estrés de los estudios, me enamoro, me desamoro, etc.), súmale que estoy lejos, que tienes que lidiar con un montón de cosas nuevas, que vas a tu Community Service que es un orfanato y ves situaciones que tienes que encajar de forma adulta…

Lo mejor y lo peor es lo mismo, es el reto tan increíble del mundo que se te abre y tener herramientas para integrarlo muy rápido.

P: ¿Viajaste mucho durante esos dos años?

R: Pues como me gasté casi todo lo que tenía en ir a clases de chelo a Pretoria una vez al mes, la verdad es que no me quedó mucho remanente. Pero sí que viaje a Mozambique y por Sudáfrica.

En mis primeras vacaciones allí, en el 2000, Mozambique se había inundado y me fui a Maputo haciendo autoestop. Me planté en la Embajada de España y les dije que en qué podía ayudar. Me pusieron en contacto con dos trabajadoras de Cáritas que habían enviado porque estaban en estado de emergencia e hice un viaje alucinante con ellas por todas las zonas del norte de Mozambique que habían sido afectadas por las riadas.

Fui conociendo a un montón de misioneras que estaban trabajando allí todo el año, vi todo el dispositivo de emergencia, como funcionaba el plan mundial contra el hambre, las colas de gente esperando toda la noche por un saco de comida. Fue muy interesante ver como funcionaba el tema de ayuda internacional en esas circunstancias.

Luego, unas Navidades que me quedé allí, encontré un trabajo en un hotel de cinco estrellas de Suazilandia. Les ofrecí trabajar amenizando las cenas tocando el chelo en el restaurante. Fue el mejor trabajo que he conseguido en mi vida, y tenía 17 años. Estuve allí una semana viviendo en el hotel de cinco estrellas. Yo tocaba el chelo dos horas durante las cenas y el resto del día, como allí en Navidad es verano, estaba en la piscina remojándome. Era una semana que justo mi link family se iba a Zimbabue.

P: Ximena, ¿quién eres ahora? ¿qué pasó después de esta etapa en Colegios del Mundo Unido?

R: Después de UWC me fui a Inglaterra e hice un Foundation Course, como el preuniversitario en actuación. Estuve como dos años haciendo pruebas para entrar en la Escuela de Arte Dramático de Londres porque tienes que hacer un proceso de selección muy exhaustivo y hay solo 30 plazas en cada escuela.

Entré en el Royal Center School of Speech and Drama, que era donde yo quería entrar, estuve 3 años haciendo mi BA in Acting. Terminé y estuve un tiempo allí trabajando pero decidí venirme a España porque iba a ser más fácil. Ser actor es Londres es un poco complicado, necesitas tener un trabajo regular.

Me vine a Madrid, estuve en varios proyectos, empecé a hacer coaching para actores en cine, trabajé en un par de pelis… También hago cursos de English for Actors y hace 3 años empecé con mi propia compañía de teatro. El último proyecto, que hemos estrenado hace poco, está inspirado en el libro Mujeres que corren con los lobos, un best seller feminista de los años 90. Es una recopilación de cuentos de diferentes culturas. Reinterpreté cuatro cuentos que me parecían relevantes a la experiencia de ser mujer en el mundo que son Las zapatillas rojas, La vendedora de fósforos, Barba Azul y La mujer esqueleto.

La obra es un homenaje a muchas mujeres y la motivación con ella es darnos cuenta de que hay “un nosotras” muy potente. Yo quería crear en este espectáculo un lugar de refugio, encuentro y sanación. Y es reivindicativo desde una energía de recoger, de cuidarnos y sentirnos en grupo. 

También estoy en Cuéntame, llevo cuatro temporadas con un papel pequeñito, y lo que voy a empezar ahora son talleres de dramaterapia para mujeres basados en el proceso de la obra de teatro. 

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P: Un consejo para los futuros alumnos…

Que estén muy en el aquí y el ahora de la experiencia. Por mucho que puedas echar de menos tu casa, tu familia y tus amigos, todo va a estar ahí cuando vuelvas. Que absorban al máximo todo lo que tienen alrededor.

P: ¡Gracias, Ximena!

R: ¡Gracias a ti!

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“Memorias de una maleta”

El relato de Marina Sánchez, alumna de UWC Adriatic.

Hace un par de meses celebramos un encuentro en el que participaron vari@s exalumn@s de Colegios del Mundo Unido que disfrutaron de las becas de la Fundación Rafael del Pino para estudiar Bachillerato Internacional.

Marina Sánchez (UWC Adriatic, 2016-2018) nos sorprendió al leer un relato escrito por ella misma y titulado “Memorias de una maleta”. En él cuenta la experiencia del bienio en Colegios del Mundo Unido desde el punto de vista de su maleta, un texto que nos emocionó y que hoy queremos compartir con vosotr@s. Seguro que más de un@ se siente identificado al leer sus palabras.

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Marina Sánchez en UWC Adriatic. Maya Belova.

 

Memorias de una maleta, por Marina Sánchez

“Julio Cortázar una vez escribió “Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”.

Soy consciente de que puede parecer dramático comenzar el relato de mi tiempo en un Colegio del Mundo Unido con esta frase. Sin embargo, uno de los mayores problemas que encontré escribiendo este breve “discurso”, fue la incapacidad de expresar todo lo vivido y su significancia. Por ello decidí que, a falta de palabras para contar mi propia experiencia, compartiría con vosotros la historia de mi maleta.

Es una maleta extraordinariamente ordinaria, marrón claro, con medidas de 55cm x 40cm x 20cm para entrar en todas las cabinas, y un asa que había vivido días mejores.

La primera vez que fue desempolvada, era una tarde calurosa de agosto. Pensándolo ahora, debió de ser un día agitado para esa pobre maleta, pues pasó de ser un mero elemento decorativo en el ático, a ser pedida que transportara una vida. Una semana más tarde, se despediría del que siempre había sido su hogar, guiada por el férreo asimiento de una mano aún algo infantil. Atravesó mares, movida por la turbina de un avión y el motor de la ilusión característica de los nuevos comienzos. Solo para llegar a un pequeño pueblo al norte de Italia, plagado de sonrisas y atardeceres que hacían del mar un lienzo en llamas. Una utopía, donde la diversidad era celebrada y las ideas cultivadas. Un mesocosmos, conformado por el idealismo, la pasión y la determinación, de un grupo de jóvenes inconformistas, que luchaban por hacer que su voz fuera escuchada. Tres meses pasaron, volando como las golondrinas de Becquer, y antes de que pudiera darse cuenta, nuestra peculiar protagonista era abierta una vez más. Esta vez para ser llenada de zapatos desgastados, después de incontables paseos que se alargaban durante horas, libros pasados de generación en generación, tarea que resultaba igualmente lúdica como educativa y recuerdos que compartir, que parecían más ficticios que reales.

Para contar la siguiente parte de esta historia, debemos avanzar en el tiempo hasta enero. Enero, que marca el principio de un año y el comienzo de un nuevo trimestre. Enero con sus noches largas y sus días cortos, en los que parecía que el viento marino- o Bora como la llaman los lugareños- te retaba a desafiar gravedad. Enero, en el que las conversaciones interminables ahora tenían una duración fija y ocurrían en la biblioteca.

Los siguientes meses fueron intensos para la entonces ya algo desgastada maleta. Pasó de observar inmóvil el monótono vaivén de gente, que salía y entraba de una pequeña habitación, a ser herida en batalla en el maletero de un avión de Ryanair o casi asfixiada en un autobús de quince horas.

Fueron tiempos caóticos, felices, tristes y demás adjetivos, que no son capaces de capturar la esencia de lo vivido. Tiempos plagados de clases que continuaban fuera del aula y discusiones que no podían ser encapsuladas en el transcurso de una lección, de aprendizaje y no solo el académico. Se nos enseñó a ser valientes, a poseer el tipo de coraje necesario para defender tus ideas, para apoyar aquello en lo que verdaderamente crees, para luchar por el futuro que consideramos merecer, para aprovechar las oportunidades a nuestro alcance, para crecer.

Crecer. Un concepto aún complicado de definir. Pues, aunque la maleta, definitivamente no aumentó en tamaño, la mano que la empujaba y arrastraba sí lo hizo. Sin embargo, aunque el fenómeno mediante el cual las falanges de nuestros dedos se alargan, resulta fascinante desde un punto de vista biológico, este no es el tipo de crecimiento que pretendía describir. El proceso del que me gustaría hablar, es algo mucho más gradual e intangible, concierne desde aprender cómo poner tu primera lavadora -solo para descubrir que toda tu ropa ha encogido-; hasta saber cómo lidiar con todas aquellas decisiones que antes no eras libre de tomar. Decisiones que incluyen el delimitar tu propio espectro moral; el saber priorizar y manejar un tiempo que parece escurrirse entre los dedos; el aprender cómo reaccionar ante el fracaso o la decepción.

Sería ingenuo y una simplificación, el pensar que toda esta evolución vio su principio y fin en el transcurso de meros meses. Mientras que la experiencia en el Colegio del Mundo Unido lo catalizó, mi maleta estaría de acuerdo en decir, en que este es un proceso inconcluyente, que sigue desarrollándose hoy, como lo hará mañana y dentro de 4 años.

Finalmente, tras este intenso primer año, mi equipaje y yo embarcamos en un último avión, rumbo a España, rumbo a casa. Dejamos atrás las aguas impecablemente azules del Adriático, una habitación que solíamos llamar nuestra y amigos que se habían convertido en familia. A día de hoy, ese vuelo de apenas dos horas, sigue siendo el viaje más triste que jamás he realizado.

Tres calurosos meses de verano después, volvimos a lanzarnos a la aventura. Las mismas fechas, la misma ruta aérea, la misma anticipación. Todo era igual, excepto que nada lo era. La maleta mantenía su característico color marrón, pero ahora desgastado y repleto de cicatrices, señales de sus encuentros y desencuentros; las mismas medidas estándares, pero esta vez cargando solo con la mitad de una vida; el asa no tan funcional, pero con un lazo rojo encubriendo sus imperfecciones. La misma persona empujándola por pasillos llenos de gente, pero más mayor, con un paso más firme y un asimiento más relajado.

No pretendo mentir, esta última etapa de la crónica no es tan agradable o utópica como las anteriores. Atrás quedaron las tardes apacibles de contemplar atardeceres y meditar sobre los “misterios de la vida”, solo para ser remplazadas por interminables sesiones de estudio, corriendo contrarreloj para terminar una ola de trabajos que amenazaba con ahogarte. Este trimestre tiene un sabor a café en polvo barato, servido sin leche y en cantidades suficientes para encubrir las horas de sueño perdidas. Resuena a preguntas y decisiones, mucho menos abstractas y más urgentes, que las previamente nombradas, ¿qué estudiar y dónde? ¿qué ensayo priorizar? ¿a qué futuro aspirar?

Sin embargo, la sola existencia de estas preguntas, aun con el estrés y cansancio que conlleva responderlas, denota lo afortunada que soy.

Hace dos años mi vida era un camino lineal, sin bifurcaciones, prediseñado para seguir un único y simple recorrido; terminar el instituto, hacer la selectividad y entrar a la universidad, probablemente en Madrid o Valladolid.

No me malentendáis, este no es, ni por asomo, un mal plan de vida. Sin embargo, no puedo evitar sentirme increíblemente afortunada porque me hayan dado la oportunidad de elegir si es el que yo quiero seguir.

Mi futuro se ha ramificado y dónde antes solo había una salida, ahora hay un abanico de ellas. Solo recae en mí el decidir.

Decisiones como ésta dan miedo, parecen sobrepasarte y empequeñecerte, y no obstante, no cambiaría por nada la oportunidad de poder tomarla.

Por todo esto, no puedo decir que me entristecí cuando finalmente las puertas del instituto cerraron y mi omnipresente maleta y yo nos subimos al autobús 51 rumbo al aeropuerto. Ahora bien, tampoco puedo afirmar que me alegré completamente.

En un mes doblaré un par de sudaderas, los pocos libros que traje a casa y demás pertenencias, y cogeré mi último vuelo rumbo al pequeño pueblo de Duino. Ese será el principio del final, la prima frase del capítulo concluyente, de lo que han sido los dos mejores años de mi vida. Dos años cargados de verbos como crecer, aprender, conocer, crear, entender, sentir, pensar, descubrir.

Intenté escribir las memorias de una afortunada maleta, sin embargo, enmarascar esta crónica como suya sería un engaño. Esta es la historia de mi maleta, pero también es la mía. Es un particular diario de mi experiencia en el Colegio del Mundo Unido del Adriático, y el impacto que ha tenido en mí como persona.

Se me dio una oportunidad, y el tomarla me ha cambiado la vida. Hace dos años la mera idea de estar aquí, dando este discurso, describiendo mi experiencia en un Colegio del Mundo Unido, parecía un sueño demasiado distante para ser siquiera considerado como factible. Y sin embargo suerte, destino o casualidad, hizo que alguien creyera en mí, derribando esa brecha entre lo inverosímil y lo posible.

Por esto, lo último que quiero decir es gracias. Gracias por hacer mis sueños realidad, y por darme la posibilidad de seguir soñando. Gracias por darme un presente demasiado satisfactorio para ser real y un futuro”.

Conocemos a Sara Cano, escritora y antigua alumna de UWC Adriatic

“Cuando te dedicas a escribir no hay nada mejor que un sitio en el que tienes 200 estudiantes de cien países distintos para empaparte del mundo y de historias”

 

Cuando Sara Cano terminó sus estudios en UWC Adriatic (bienio 2003-3005), decidió estudiar Filología Árabe y especializarse en edición. Su carrera en la literatura empezó poco a poco: primero como traductora editorial, luego como editora y, finalmente, como autora de las sagas juveniles “La guerra de 6ºA”, “Jurásico Total” y, el libro ilustrado feminista, “El futuro es femenino”.

A esta “cazadora de historias”, la experiencia en UWC Adriatic le sirvió para empaparse del mundo y de vivencias. ¿Se inspiraría en ellas para crear sus obras? ¡No te pierdas su entrevista y conoce a nuestra escritora favorita!

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Sara con los ejemplares de “Perdidos sin Wifi”. Sara Cano.

P: Sara: traductora, correctora, editora, lectora editorial  y autora varios libros infantiles y juveniles, según tu biografía de Twitter. ¿Cuándo empieza tu pasión por la lectura?

R: De siempre. Mis padres cuentan que, cuando todavía no sabía leer, ellos me contaban cuentos, los memorizaba y se los contaba. Entonces era muy pequeña y parecía que sabía leer, pero era mentira. No recuerdo un momento de mi vida en el que no me haya dedicado a esto, a leer y escribir, es muy vocacional. De hecho, una de mis primeras fotos de pequeña es yo sentada en un “silloncito” con un libro y una pose como muy adulta, pero era un “mico”.

P: ¿En qué momento decides que lo tuyo son los libros y te quieres dedicar a ello profesionalmente?

R: Fíjate que me costó. A pesar de que era muy vocacional, nunca creí que me pudiera dedicar profesionalmente a esto, me parecía que no había mucha salida laboral. Yo me dedicaba más a las lenguas, estudié Filología Árabe después de los dos años en Colegios del Mundo Unido. Siempre me habían atraído muchos los idiomas, todo lo que tuviera que ver con el lenguaje escrito, hablado y la comunicación.

En un primer momento, mi vocación fue por ahí, por la traducción, pero luego me terminó llamando otra vez la literatura. Cuando acabé la carrera y me tuve que especializar, hice un máster en edición. Eso fue hace 8 años, en 2009.

Desde entonces, he ido pasando por varias etapas: traductora editorial, lectora editorial, editora, ahora autora… Fue justo al terminar la universidad cuando dije, “sí, lo de los idiomas está muy bien y me apasiona mucho, pero yo lo que quiero hacer es literatura”.

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Sara en UWC Adriatic en Duino (Italia). Sara Cano.

P: Fuiste a UWC Adriatic en la convocatoria de 2003-2005,  ¿cómo influyó en tu vida profesional esta experiencia?

R: En la profesional, todo suma. Cuando te dedicas a escribir, eres un cazador de experiencias, así que no hay nada mejor que un sitio en el que tienes 200 estudiantes de cien países distintos para empaparte del mundo y de historias. 

También me llevo mucho a nivel idiomas, por supuesto. El mundo de la lectura no se limita a tu lengua madre porque hay un montón de universos por explorar. Cuanto más cerca de la lengua original estés, mucho mejor. Así que aprender italiano, comunicarte en inglés y toda esa soltura que te da UWC ha tenido muchísima importancia.

P: ¿Y en la personal?

R: Pues todo. Yo creo que no sería la persona que soy ahora si no hubiera vivido la experiencia de los colegios. Es, seguramente, la cosa que más marca tu personalidad siendo adolescente. No me imagino como sería Sara si no hubiera ido a UWC. Pero sé que soy una persona distinta gracias a haber ido.

Tengo mayor apertura mental, casi todos los problemas del mundo tienen un rostro conocido. Ha sido una experiencia fundamental en mi formación y en el desarrollo de mi personalidad.

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Con amigos. Sara Cano.

P: Dices que Colegios del Mundo Unido es un hervidero de historias, ¿ha habido algo en UWC que te haya inspirado para escribir alguno de tus libros?

R: Supongo que sí, que las cosas que pasan en UWC al final las incorporas de manera inconsciente, pero no hay una anécdota concreta.

Ahora, por ejemplo, la última serie que he sacado, Jurásico Total, transcurre en un internado que está en medio del campo y es bastante particular. Pensándolo bien, sí que tiene un poco de UWC (risas).

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Vestida de chulapa. Sara Cano.

P: Eres autora de la serie  juvenil “La guerra de 6º A”, ¿de qué va esta serie y cómo surgió la idea de escribirla?

R: La guerra se 6º A trata sobre un colegio en el que hay una clase de niños de sexto que tienen un enfrentamiento con la clase de enfrente. Son 6º A y 6º B y tienen la lucha mortal que tienen todos los colegios. Es una guerra de bromas muy divertida.

Nació por la voluntad de que los niños lectores de esa franja de edad, de entre 8 y 12 años, encuentren referentes más cercanos. Ya hay series parecidas de humor: “El diario de Greg”, “El diario de Nicky”… Pero resultan un poco distantes en las cosas que les pasan a los niños, cómo hablan, etc. Además, juegan al béisbol y ven partidos de fútbol americano.

Me parecía interesante traer eso a una realidad más cercana y creo que ha funcionado muy bien, sobre todo con niños a los que no les gusta mucho leer, que les cuesta, que son perezosos con la lectura … Se ríen muchísimo y, al final, les engancha a seguir con otras lecturas. Creo que es el gran logro de “La guerra de 6º A”.

Es una serie de humor descabellado y para no parar de reír, seas niño o seas mayor, porque hay algunas cosas que seguro que las captan mejor los mayores.

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“La guerra de 6ºA en librerías”. Sara Cano.

P: Recientemente has publicado “Perdidos sin wifi”, el primer libro de la saga “Jurásico Total”. ¿Qué se va a encontrar el lector en este libro?

R: Jurásico Total es una serie de aventuras y fantasía -con una base científica- que estoy construyendo con un paleontólogo. “Perdidos sin wifi” es un libro que trata de cinco amigos que estudian en un colegio internado que está cerca de una excavación paleontológica en la que trabaja una sociedad de paleontólogos haciendo investigaciones. De repente, descubren un portal dentro de la propia excavación que les lleva a un mundo en el que los dinosaurios nunca se extinguieron. Este mundo tiene sus propias reglas de funcionamiento. No viajan al Jurásico ni al pasado, viajan a un lugar en el que pasaron ciertas cosas distintas a nuestro mundo y los dinosaurios siguen vivos.

P: ¿Es un mundo paralelo?

R: Sí, es un mundo paralelo. Se van a encontrar criaturas de todo tipo… A todo esto, con el fundamento que tiene escribir con un paleontólogo. Tiene mucha fantasía, es un libro de aventuras puras, tiene mucho humor, pero no es como “La guerra de 6º A”.

Es un libro pensado para que los niños aprendan de dinosaurios. Incluye fichas técnicas sobre los dinosaurios que aparecen en él, no aparecen los dinosaurios típicos, aparecen dinosaurios de los que no se sabe tanto… Hemos intentado combinar estas dos facetas: la más literaria y la más científica en la creación de esta serie.

Vídeo sobre “Perdidos sin wifi”. El Pakozoico.

P: ¿Para cuándo el próximo libro de ‘Jurásico Total’?

R: Pues el segundo libro sale en junio y, ahora mismo, estamos escribiendo el tercero. Este año se van a publicar tres, en abril, junio y septiembre. Si tienen buena acogida, continuaremos con la saga el año que viene.

P: También acabas de publicar un libro de cuentos ilustrado titulado “El futuro es femenino”, que ya va por la segunda edición. ¿De qué se habla en estos cuentos?

R: “El futuro es femenino” es una historia completamente diferente. Se trata de un libro ilustrado en el que colaboran ocho de las ilustradoras más conocidas en España: María Hesse, Ana Santos, Laura Agustí, Agustina Guerrero (La Volátil), Leire Sidia, Amaia Arrazola y Elena Pancorbo. Nos juntamos en este libro para crear ocho historias con situaciones de desigualdad y machismo que afectan, sobre todo, a las niñas.

Queríamos un libro en el que la protagonista fuera la lectora. Si no es la niña que lo está leyendo, pues la madre que se lo ha comprado, que se ha visto reflejada en alguna de las situaciones que se cuentan en el libro. Son ocho cuentos muy cortitos, cada uno con una ilustración a doble página que cuentan situaciones de desigualdad a las se enfrentan las niñas desde que nacen, prácticamente.

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A la izquierda, “El futuro es femenino”. Sara Cano.

Hay un cuento que habla sobre una niña a la que sus padres no quisieron agujerearle las orejas cuando nació y, cuando tiene diez años, se enfrenta al dilema de sufrir por estar guapa, porque es un una expectativa social, o no hacerlo.

Tenemos un cuento también que habla del empoderamiento sobre el espacio, de cómo los colegios, los patios por lo general, son dominio del fútbol y de actividades masculinas y las niñas quedan relegadas a una “esquinita”. Hay un cuento también sobre una niña transexual. Quería que la infancia transexual tuviera un espacio en estas historias porque parece que el feminismo a veces se olvida un poco de que hay niñas con pene.

De la misma forma, en este libro se habla sobre la menstruación, sobre los cambios hormonales y cómo se viven de una manera más avergonzante de cómo los viven los chicos. Hay un cuento que habla de la invisibilización de la mujer en el arte, en la ciencia… Son pequeñas situaciones de lo que se considera micromachismo, que a mí no me gusta el término “micro” porque el machismo nunca es “micro”.

Al final, las protagonistas de estas historias tienen una visión empoderada, ellas le dan la vuelta a la historia y salen solas de la situación de injusticia. Es un libro que tiene una vocación de que la persona que lo está leyendo, ya sea mujer u hombre, se de cuenta de que esto existe y de que hay maneras de revertir estas situaciones.

P: ¿El futuro es femenino?

R: Esperemos que el futuro sea femenino. El presente es masculino, eso está clarísimo. Para que el futuro sea femenino, tiene que haber más libros como este, más gente que se conciencie y más feminismo. En la primera entrevista que me hicieron, lo dije sin pensar pero es verdad, para que el futuro sea femenino, el presente tiene que ser feminista.

P: Sara, ¿cuáles son tus proyectos de futuro?

R: Trabajo como autónoma, dando servicios editoriales a distintas editoriales. Hago traducciones, correcciones… Trabajo con mi pareja, que es ilustrador, así que todo este trabajo lo hacemos juntos. Espero seguir así, recibiendo muchos encargos y trabajando en el mundo del libro infantil y juvenil, que es mi pasión.

P: ¡Gracias, Sara!

R: ¡Gracias a ti!

‘Es duro el choque con la realidad una vez que te vas del colegio’

¿Qué hace una vallisoletana en Costa Rica? Pues convertirse, sin duda alguna, en una enamorada de la naturaleza. Paloma Tejero (20, Valladolid)  aterrizó en la web de Colegios del Mundo Unido a golpe de Google y supo que tenía que conseguir una plaza para estudiar Bachillerato Internacional. “Estaba hecho para mí o yo estaba hecha para UWC”, nos cuenta entusiasmada nuestra alumni.

Finalmente, se llevó una plaza con beca para el bienio 2014-2016 en el colegio costarricense, dos años que le sirvieron para “descubrirse a sí misma”. ¿Quieres saber cómo vivió Paloma esta experiencia? ¡Sigue leyendo!

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Paloma en la Rainbow Week. Paloma Tejero.

P: Paloma, ¿cómo conociste Colegios del Mundo Unido?

R: Yo me quería ir en Bachillerato, quería mirar alguna beca para estudiar fuera y, literalmente, puse en Google “becas para estudiar en el extranjero”. Salió esto y, en cuanto lo vi, dije “Dios, esto es para mí”. Solicité plaza el primer año y ni siquiera pasé la preselección. El segundo año volví a echarlo y ¡para Costa Rica que me fui!

P: ¿Qué te llamó la atención de Colegios del Mundo Unido para que decidieras presentar tu solicitud?

R: Me acuerdo de leer la web de Colegios del Mundo Unido y ver que hacía énfasis en la multiculturalidad y que, además, no tenía ese componente elitista de “vete a estudiar un año a Estados Unidos con un montón de ricos y blancos”. Me acuerdo también de leer las historias de los estudiantes que estaban en los colegios y entusiasmarme con ellas.

P: ¿Cómo fue ese proceso de preparar la documentación?

R: La primera vez hice la solicitud online y me mandaron un correo diciéndome que no me habían seleccionado. Me puse súper triste, me eché a llorar… Fue una tarde horrible.

El segundo año lo volví a intentar y, al escribir mi solicitud, noté un montón como había madurado. Me cogieron para preselección y fui bastante segura, no convencida de que me la fueran a dar, pero ese año de más me dio seguridad. El proceso fue bastante fácil y me sentí muy cómoda.

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De excursión. Paloma Tejero.

P: ¿Te acuerdas del fin de semana en Madrid?

R: Sí. De la gente que habían llamado para Madrid, había una primera selección que se hacía entre el viernes y el sábado (a mí me tocó el sábado). A última hora del sábado se leía una lista con los que pasaban a la fase final del domingo.

El sábado tuve una entrevista, presenté mi proyecto social, hice la dinámica de grupo, etc.

Pasas el día allí con gente que está en la misma situación que tú, con las mismas inquietudes… A última hora leyeron la lista y me puse súper feliz.

El domingo tuve la entrevista con el Patronato y fui con el pensamiento de que no tenía nada que perder. Yo iba ahí a dar lo mejor de mí. Salí tranquila porque tenía la sensación de que me había mostrado como era yo. Si ese año no me cogían, es que realmente eso no era para mí.

Encima, ¡te vas de Madrid sin saber sin saber si te han seleccionado o no!

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Con amigos de otras nacionalidades. Paloma Tejero.

P: ¿Dónde estabas cuándo te dijeron que estabas seleccionada?

P: Me acuerdo que nos dijeron que el martes nos llamarían, así que el lunes y el martes no paré de pensar en eso. El martes, al salir del colegio, encendí el móvil y vi un 91. Pensé, “esto solo puede ser una cosa”. Llamé y me cogió Berta, que me dijo, “¿tú que crees? ¿Qué te la hemos dado o que no?” “¡Yo creo que sí!”, le dije. Estaba con unas amigas enfrente del colegio y me puse a llorar, estaba súper contenta, ¡ya era realidad! Llegué a casa, se lo conté a mi madre y me dio un abrazo. El hecho de ver a mi madre tan contenta por esta oportunidad triplicó mi alegría. Fue todo muy bonito.

P: ¿Cómo fueron los días previos a tu marcha?

R: Yo creo que los sentí como un sueño. Hasta que no pones un pie en el colegio es como que está todo muy en el aire. Al final ves todo a través de una página web y notaba que hasta que no estuviera allí no iba a ser real. Estaba muy emocionada y tenía muchísimas ganas de ir.  

P: Finalmente, llegó el día de partir… ¿cómo fue?

R: Me acuerdo que mi madre me llevó al aeropuerto y ahí estaba Miguel, mi co-año, que ahora somos súper amigos. Desde el principio nos entendimos muy bien. Estaba muy emocionada y con ganas conocer gente, hacer amigos… En ningún momento me sentí con dudas de ir.

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¡Un festival de colores! Paloma Tejero.

P: Y llegasteis al colegio…

R: Sí. Nos recogieron en el aeropuerto con el autobús del colegio. Recuerdo que estuvimos un rato esperando a que llegara junto a otros primeros años. El autobús entró en el campus y el aire estaba súper pegajoso y húmedo. ¡Y estaban todos los segundos años gritando y abrazándonos!

Ahora ya me he acostumbrado a eso, pero al principio es súper raro abrazar a tantos desconocidos. Para ellos era muy normal y yo creo que no había abrazado a tanta gente en mi vida.

Me decían un montón de nombres y, según me los decían,  ya se me estaban olvidando.

En el colegio de Costa Rica hay residencias de veintipico personas haciendo un círculo. Al principio parece un laberinto, yo me perdí cuando salí de mi cuarto al dejar las cosas el primer día. Con los días, te vas haciendo con el campus.

P: ¿Cómo fueron tus primeros días en el colegio?

R: Las dos primera semanas eran de orientación: había reuniones sobre el IB, sobre las asignaturas, sobre la residencia… También había actividades como excursiones a San José, Santa Ana, etc.

Recuerdo hablar mucho con todo el mundo porque al final es gente en tu misma situación, por eso también se crean vínculos tan fuertes en UWC. Da igual de donde vengas, todos tienen los mismos miedos, las mismas inquietudes… Desde el principio conectas mucho con la gente.

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Tiempo de reuniones. Paloma Tejero.

P: ¿Cómo eran tus compañeros?

R: Gente muy inquieta, con muchísima iniciativa. Hay gente con gustos para todo, pero siempre vas a encontrar, al menos, un puñadito de personas que quieran hacer lo mismo que tú. Es difícil hablar de los compañeros en conjunto. Había gente muy abierta, luego gente muy tímida… Pero hay un sentimiento de comunidad muy fuerte. Con una gente te llevas mejor que con otra, chocas con la gente y es inevitable porque pasas mucho tiempo con ellos.

Además, es un campus muy pequeño, así que no puedes evitar a nadie. Había gente que estaba saliendo y luego rompían y, bueno, eso era bueno y malo. No tenías espacio para separarte de esa persona, pero eso te obligaba a arreglar los conflictos que tuvieras con la gente y a encarar tus problemas. ¡No podías huir! (risas).

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Diversidad cultural. Paloma Tejero.

P: Paloma, ¿qué me dices de tus profesores?

R: Había de todo. Al ser Costa Rica y no ser Europa, teníamos dificultad para encontrar profesores. Algunos profesores no me gustaron mucho y a otros se les notaba que eran nuevos. Pero también tuve profesores muy buenos.

Cuando eres profesor en un Colegio del Mundo Unido, formas parte de una comunidad y tienes que implicarte. Los alumnos también te piden que te impliques. Si no lo haces, tienes la cruz puesta.

Para mí, hay un profesor por encima de todos: Jeff, mi profesor de Biología. Me despertó un interés y una pasión por la naturaleza y la biología increíbles. También me llevo a mi profesora de Arte de segundo año, que tenía muchas ganas de enseñar, y a mi profesor de Teoría del Conocimiento, que me hizo pensar muchísimo.

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Luchando por el feminismo. Paloma Tejero.

P: ¿Qué actividades hacíais?

R: Había un montón de cosas, dependía del trimestre, de la gente que quisiera organizarlas… Había desde pintura y baile a saltar en camas elásticas. Me acuerdo que un amigo mío hizo una actividad sobre sueños.

Quedaban y hablaban sobre lo que habían soñado. Un día les dejaron un aula para dormir allí por la noche y medir las fases del sueño. Una cosa muy rara. Es una forma de ilustrar que realmente había lo que los alumnos quisieran que hubiera.

Había otra actividad que se llamaba “Chilling and Drinking Tea” y, literalmente, quedaban para respirar profundamente, beber té… Obviamente, tenías que tener un plan para cada actividad. Esa actividad, en concreto, estaba dentro del área Salud Mental, que es un tema muy candente en UWC porque la gente está muy estresada.

Los fines de semana había salidas al campo, también había semanas temáticas en las que se hacían un montón de actividades. Yo, que no paro quieta, estaba metida en todo.

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¡A trabajar! Paloma Tejero.

P: En general, ¿cómo fue la experiencia?

R: Increíble. Sobre todo lo digo ahora que ya he tenido tiempo para reflexionar sobre ello. Esos dos años me dieron un espacio para descubrirme a mí misma, descubrir que me gustaba y explorar todo tipo de cosas. Por ejemplo, algo que me llenó mucho fue hacer Artes Visuales como asignatura. No era estudiar arte, sino hacer tus propias piezas. Con eso me desarrollé un montón.

Recuerdo el colegio como un espacio seguro para crecer. Hice amistades súper profundas y, ya no solo eso, había una complicidad, una confianza y un cariño entre la gente… Al final es una gran familia con la que vives todos los días.

P: ¿Qué fue lo más duro?

R: A mí, personalmente, no me tocó tanto, pero sé que es un sitio muy estresante y había gente con problemas de salud mental: ansiedad, depresión…

Hay mucha presión puesta en ti. Simplemente, el hecho de que te den una beca a ti entre cientos de personas, ya hace que te sientes responsable de dar el 100% todo el rato. Eso es agotador.

Otra cosa que considero dura es el choque con el mundo real una vez que te vas del colegio.

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Con un amigo. Paloma Tejero.

P: ¿Cómo es ese choque? ¿Cómo conectas otra vez con tu vida?

R: Al principio lo juzgas todo comparándolo con UWC. La gente nunca va a ser como la gente de colegios, todo es un poco “peor”.

Yo hice un gap year, un año sabático y, durante ese año, los seis primeros meses estuve viviendo con dos amigas del colegio de Costa Rica, así que tuve una transición más suave. La segunda mitad del año estuve haciendo voluntariado en Nepal, todo muy guay y muy emocionante.

Este año, al empezar la universidad, me pegué el batacazo. Es duro volver a la vida real. A mí me cuesta mucho no comparar todo con UWC. Al final te pones en una superioridad moral de forma inconsciente. No fue fácil acostumbrarme, pero también es algo necesario, no puedes vivir siempre en estas burbujas.

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Preparando una charla TED. Paloma Tejero.

P: Paloma, ¿a qué te dedicas ahora?

R: Estoy haciendo primero de Biología en la Universidad de Salamanca. Tengo que decirte que tengo sentimientos encontrados: la vida universitaria en España me encanta, tienes una vida de adulto, no es como en una universidad americana, que vives en un campus y te dan de comer. Yo ahora estoy en residencia y voy y vengo cuando quiero, me cocino, me hago la compra, me lavo la ropa… Vivo en el mundo real y vivo en una ciudad. También estoy en un grupo de salidas al campo y más cosas.

Pero la parte académica me está costando mucho. En el Bachillerato Internacional de UWC es todo distinto, son clases muy pequeñas con gente muy inquieta, todo el rato preguntando, podías quedar con tu profesor cuando quisieras… El sistema del IB a mí me parece muy completo y sentía que estaba aprendiendo de una forma muy equilibrada.

Aquí, en mi carrera es todo puramente científico, no tengo tiempo de leer. Al ser ciencias no hay opción al debate ni a la discusión, somos como 90 alumnos en clase… Lo que peor llevo es que nadie habla en clase, nadie pregunta, es un ambiente realmente pasivo.

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Hora de graduarse. Paloma Tejero.

Es un método de enseñanza en el que llega el profesor, suelta su chapa y se va. No todos, pero muchos sí lo hacen. Estoy un poco frustrada. Tampoco tenía muy claro que quería hacer Biología, pero sabía que quería hacer algo relacionado con el medioambiente. Elegí Biología porque en Costa Rica me flipó esta asignatura, en gran parte, por mi profe.

Ahora estoy buscando irme a otra universidad. Hay un par de universidades en Estados Unidos que hacen Ecología Humana y le dan un enfoque muy parecido al de UWC: multidisciplinar, clases muy pequeñas y un método de aprendizaje mucho más interactivo.

P: Un consejo para los futuros alumnos…

R: Que le echen muchísimas ganas, que den lo mejor de sí mismos y que sean ellos mismos, porque al final tienes que mostrarte tal y como eres. Es algo que no está hecho para todo el mundo, así que tienes que demostrar que realmente quieres ir y tienes muchísimo que aportar.

Si llegas, tienes que aprovechar cada minuto de esos dos años, pero sin agotarte a ti mismo. ¡Es un escenario en el que puedes aprender tanto de tanta gente y de una forma tan bonita! Hay que ir con buenas intenciones y mucha energía. ¡Por eso las vacaciones hacen mucha falta! Y que lo intenten, que no hay nada que perder.

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Toda una artista. Paloma Tejero.

P: ¡Muchas gracias, Paloma!

R: ¡Gracias a ti!