‘Memorias de una maleta’, el relato de Marina Sánchez, alumna de UWC Adriatic

Hace un par de meses celebramos un encuentro en el que participaron vari@s exalumn@s de Colegios del Mundo Unido que disfrutaron de las becas de la Fundación Rafael del Pino para estudiar Bachillerato Internacional.

Marina Sánchez (UWC Adriatic, 2016-2018) nos sorprendió al leer un relato escrito por ella misma y titulado “Memorias de una maleta”. En él cuenta la experiencia del bienio en Colegios del Mundo Unido desde el punto de vista de su maleta, un texto que nos emocionó y que hoy queremos compartir con vosotr@s. Seguro que más de un@ se siente identificado al leer sus palabras.

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Marina Sánchez en UWC Adriatic. Maya Belova.

 

Memorias de una maleta, por Marina Sánchez

“Julio Cortázar una vez escribió “Las palabras nunca alcanzan cuando lo que hay que decir desborda el alma”.

Soy consciente de que puede parecer dramático comenzar el relato de mi tiempo en un Colegio del Mundo Unido con esta frase. Sin embargo, uno de los mayores problemas que encontré escribiendo este breve “discurso”, fue la incapacidad de expresar todo lo vivido y su significancia. Por ello decidí que, a falta de palabras para contar mi propia experiencia, compartiría con vosotros la historia de mi maleta.

Es una maleta extraordinariamente ordinaria, marrón claro, con medidas de 55cm x 40cm x 20cm para entrar en todas las cabinas, y un asa que había vivido días mejores.

La primera vez que fue desempolvada, era una tarde calurosa de agosto. Pensándolo ahora, debió de ser un día agitado para esa pobre maleta, pues pasó de ser un mero elemento decorativo en el ático, a ser pedida que transportara una vida. Una semana más tarde, se despediría del que siempre había sido su hogar, guiada por el férreo asimiento de una mano aún algo infantil. Atravesó mares, movida por la turbina de un avión y el motor de la ilusión característica de los nuevos comienzos. Solo para llegar a un pequeño pueblo al norte de Italia, plagado de sonrisas y atardeceres que hacían del mar un lienzo en llamas. Una utopía, donde la diversidad era celebrada y las ideas cultivadas. Un mesocosmos, conformado por el idealismo, la pasión y la determinación, de un grupo de jóvenes inconformistas, que luchaban por hacer que su voz fuera escuchada. Tres meses pasaron, volando como las golondrinas de Becquer, y antes de que pudiera darse cuenta, nuestra peculiar protagonista era abierta una vez más. Esta vez para ser llenada de zapatos desgastados, después de incontables paseos que se alargaban durante horas, libros pasados de generación en generación, tarea que resultaba igualmente lúdica como educativa y recuerdos que compartir, que parecían más ficticios que reales.

Para contar la siguiente parte de esta historia, debemos avanzar en el tiempo hasta enero. Enero, que marca el principio de un año y el comienzo de un nuevo trimestre. Enero con sus noches largas y sus días cortos, en los que parecía que el viento marino- o Bora como la llaman los lugareños- te retaba a desafiar gravedad. Enero, en el que las conversaciones interminables ahora tenían una duración fija y ocurrían en la biblioteca.

Los siguientes meses fueron intensos para la entonces ya algo desgastada maleta. Pasó de observar inmóvil el monótono vaivén de gente, que salía y entraba de una pequeña habitación, a ser herida en batalla en el maletero de un avión de Ryanair o casi asfixiada en un autobús de quince horas.

Fueron tiempos caóticos, felices, tristes y demás adjetivos, que no son capaces de capturar la esencia de lo vivido. Tiempos plagados de clases que continuaban fuera del aula y discusiones que no podían ser encapsuladas en el transcurso de una lección, de aprendizaje y no solo el académico. Se nos enseñó a ser valientes, a poseer el tipo de coraje necesario para defender tus ideas, para apoyar aquello en lo que verdaderamente crees, para luchar por el futuro que consideramos merecer, para aprovechar las oportunidades a nuestro alcance, para crecer.

Crecer. Un concepto aún complicado de definir. Pues, aunque la maleta, definitivamente no aumentó en tamaño, la mano que la empujaba y arrastraba sí lo hizo. Sin embargo, aunque el fenómeno mediante el cual las falanges de nuestros dedos se alargan, resulta fascinante desde un punto de vista biológico, este no es el tipo de crecimiento que pretendía describir. El proceso del que me gustaría hablar, es algo mucho más gradual e intangible, concierne desde aprender cómo poner tu primera lavadora -solo para descubrir que toda tu ropa ha encogido-; hasta saber cómo lidiar con todas aquellas decisiones que antes no eras libre de tomar. Decisiones que incluyen el delimitar tu propio espectro moral; el saber priorizar y manejar un tiempo que parece escurrirse entre los dedos; el aprender cómo reaccionar ante el fracaso o la decepción.

Sería ingenuo y una simplificación, el pensar que toda esta evolución vio su principio y fin en el transcurso de meros meses. Mientras que la experiencia en el Colegio del Mundo Unido lo catalizó, mi maleta estaría de acuerdo en decir, en que este es un proceso inconcluyente, que sigue desarrollándose hoy, como lo hará mañana y dentro de 4 años.

Finalmente, tras este intenso primer año, mi equipaje y yo embarcamos en un último avión, rumbo a España, rumbo a casa. Dejamos atrás las aguas impecablemente azules del Adriático, una habitación que solíamos llamar nuestra y amigos que se habían convertido en familia. A día de hoy, ese vuelo de apenas dos horas, sigue siendo el viaje más triste que jamás he realizado.

Tres calurosos meses de verano después, volvimos a lanzarnos a la aventura. Las mismas fechas, la misma ruta aérea, la misma anticipación. Todo era igual, excepto que nada lo era. La maleta mantenía su característico color marrón, pero ahora desgastado y repleto de cicatrices, señales de sus encuentros y desencuentros; las mismas medidas estándares, pero esta vez cargando solo con la mitad de una vida; el asa no tan funcional, pero con un lazo rojo encubriendo sus imperfecciones. La misma persona empujándola por pasillos llenos de gente, pero más mayor, con un paso más firme y un asimiento más relajado.

No pretendo mentir, esta última etapa de la crónica no es tan agradable o utópica como las anteriores. Atrás quedaron las tardes apacibles de contemplar atardeceres y meditar sobre los “misterios de la vida”, solo para ser remplazadas por interminables sesiones de estudio, corriendo contrarreloj para terminar una ola de trabajos que amenazaba con ahogarte. Este trimestre tiene un sabor a café en polvo barato, servido sin leche y en cantidades suficientes para encubrir las horas de sueño perdidas. Resuena a preguntas y decisiones, mucho menos abstractas y más urgentes, que las previamente nombradas, ¿qué estudiar y dónde? ¿qué ensayo priorizar? ¿a qué futuro aspirar?

Sin embargo, la sola existencia de estas preguntas, aun con el estrés y cansancio que conlleva responderlas, denota lo afortunada que soy.

Hace dos años mi vida era un camino lineal, sin bifurcaciones, prediseñado para seguir un único y simple recorrido; terminar el instituto, hacer la selectividad y entrar a la universidad, probablemente en Madrid o Valladolid.

No me malentendáis, este no es, ni por asomo, un mal plan de vida. Sin embargo, no puedo evitar sentirme increíblemente afortunada porque me hayan dado la oportunidad de elegir si es el que yo quiero seguir.

Mi futuro se ha ramificado y dónde antes solo había una salida, ahora hay un abanico de ellas. Solo recae en mí el decidir.

Decisiones como ésta dan miedo, parecen sobrepasarte y empequeñecerte, y no obstante, no cambiaría por nada la oportunidad de poder tomarla.

Por todo esto, no puedo decir que me entristecí cuando finalmente las puertas del instituto cerraron y mi omnipresente maleta y yo nos subimos al autobús 51 rumbo al aeropuerto. Ahora bien, tampoco puedo afirmar que me alegré completamente.

En un mes doblaré un par de sudaderas, los pocos libros que traje a casa y demás pertenencias, y cogeré mi último vuelo rumbo al pequeño pueblo de Duino. Ese será el principio del final, la prima frase del capítulo concluyente, de lo que han sido los dos mejores años de mi vida. Dos años cargados de verbos como crecer, aprender, conocer, crear, entender, sentir, pensar, descubrir.

Intenté escribir las memorias de una afortunada maleta, sin embargo, enmarascar esta crónica como suya sería un engaño. Esta es la historia de mi maleta, pero también es la mía. Es un particular diario de mi experiencia en el Colegio del Mundo Unido del Adriático, y el impacto que ha tenido en mí como persona.

Se me dio una oportunidad, y el tomarla me ha cambiado la vida. Hace dos años la mera idea de estar aquí, dando este discurso, describiendo mi experiencia en un Colegio del Mundo Unido, parecía un sueño demasiado distante para ser siquiera considerado como factible. Y sin embargo suerte, destino o casualidad, hizo que alguien creyera en mí, derribando esa brecha entre lo inverosímil y lo posible.

Por esto, lo último que quiero decir es gracias. Gracias por hacer mis sueños realidad, y por darme la posibilidad de seguir soñando. Gracias por darme un presente demasiado satisfactorio para ser real y un futuro”.

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